Artículos sobre arte

TÓPICO número 5: La gran mayoría de pintores son pobres y desconocidos. Una pequeña élite son ricos y muy famosos

¿Por qué mucha gente parece que valora a los pintores por su nivel de fama?

¿Hay que valorar la obra de los profesionales por el nivel de popularidad del autor o por la calidad del propio trabajo?

Ya me gustaría que los pintores tuvieran la misma repercusión social que los futbolistas. Pero normalmente muchas de las personas que me preguntan si soy famoso no conocen ni a dos de los treinta o cuarenta pintores vivos (o fallecidos) de gran calidad que me vienen a la mente en ese momento. 

Muchas veces, hay incluso desconocimiento de maestros de tiempos pasados. Una proporción alta de los mortales conoce a Picasso o a Velázquez. Pero más allá de estas referencias encontramos lagunas que nos sorprenderán más o menos, pero que ahí están. Es habitual que las personas que preguntan si somos famosos desconozcan a Ramon Casas o a Joaquín Sorolla, artistas que tuvieron posibilidades suficientes como para dar a conocer su obra incluso más allá de nuestras fronteras.

sorolla
 

Una de las excelentes obras del pintor valenciano Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923).

 

Los pintores no formamos parte de la jetset ni salimos en el Hola, en el Cuore ni en el ¿Qué me dices?
Cuando se dice que un pintor es conocido internacionalmente significa que los amantes del arte de algunos países lo conocen y conocen su obra. No que puedas preguntar a cualquiera por la calle y te vaya a responder como si le hablaras de Leo Messi. La pintura abarca un segmento de la población diminuto en comparación con el fútbol u otras aficiones que parecen despertar interés con mayor facilidad. Así que esto es algo sobre lo que reflexionar y en lo que hay mucho que reivindicar, muchas obras y muchos artistas que deberían tener un apoyo mucho más sólido del que han tenido y tienen, más allá de preguntar a cuánto se cotiza su trabajo.

Aparte de esto, el que suele preguntar si uno es famoso es habitualmente alguien que no tiene mucha experiencia en el mundo del arte, o al menos no la suficiente como para establecer sus propios criterios para valorar por sí mismo nuestra obra. Entonces, nos pregunta por nuestro nivel de fama como manera de calibrar la calidad del trabajo ya que no dispone de criterios personales más sofisticados en ese momento.

Las personas interesadas en el arte se dedican a observar nuestra obra con honestidad y con profundidad, desde el fondo, y a sacar conclusiones por ellas mismas.

Cuando tenía veinticinco años y acababa de graduarme necesitaba a toda costa el reconocimiento popular y el “prestigio”. Tenía la cabeza llena de humo y de idioteces, además de falta de seguridad en mi trabajo a causa de la inexperiencia. Ahora, con el paso de los años y después de haber trabajado intensamente, me doy cuenta de que todo lo relativo a la fama y al prestigio no es más que humareda. Lo único que importa es haber podido satisfacer a las personas para las que trabajé, y creo que lo he conseguido en todas las ocasiones. Eso es lo que queda; la satisfacción por una bonita relación y la gratitud por haber servido bien a los demás. Con todo lo demás, mejor hacer una bola y tirarlo a la basura cuanto antes.

La devoción por alguien se esfuma como un castillo de naipes antes o después. Las relaciones se basan en realidades sencillas y tangibles, en demostraciones de amor sinceras. También las relaciones comerciales.

Eso no quita que somos emprendedores. Y que tenemos que dar a conocer nuestra obra y nuestra maravillosa profesión tanto como podamos, entre otras cosas porque vivimos de nuestras ventas. Pero en la era de la información y en el sector cultural, duraremos muy poco si lo que queremos únicamente es lucir palmito. No, esto cada vez funcionará menos así. Lo que hacen las personas y las empresas a las que les está funcionando realmente bien en estos momentos es aportar valor y conocimiento al resto, a los profesionales de su sector y a las personas a las que potencialmente les puede interesar lo que hacen. Estas personas ricas verdaderamente se preocupan por los demás desde su experiencia y ven cómo desde su sector pueden aportar valor a la comunidad.

Así que la única pobreza de la que podemos hablar en nuestro caso es de la pobreza de espíritu, de la pobreza de aquél que no tiene nada que ofrecer a los demás y que recorta tanto que tampoco le queda nada para sí mismo, y acaba desanimado y abandona. El que tiene, da, ofrece conocimiento, valor, experiencia, y a su vez recibe conocimiento para seguir aprendiendo y dinero para vivir con tranquilidad.

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